El amor es una decisión

Alberto M. Sánchez

Quien no se decide a querer para siempre, es difícil que pueda amar de veras un solo día”, nos decía Juan Pablo II a los argentinos el 8 de abril de 1987, en la homilía de la Misa por la Familia en Córdoba. Son palabras que se entroncan con las de otra gran santa del siglo XX, la Madre Teresa de Calcuta: “El amor es una decisión”.

El amor esponsal verdadero es aquel en el que un hombre y una mujer deciden amarse para siempre, dando al otro lo mejor de sí mismos. Es un amor que nace de una decisión madura y consciente, libre y gozosa, destinado a perdurar definitivamente. No es un amor que dura mientras “haya química”, mientras “haya fuego” o mientras “no se acabe la pasión”. La ecuación es inversa: porque nos amamos y hemos decidido hacerlo para toda la vida, vamos a mantener encendido ese fuego y vamos a hacerlo con los pequeños gestos cotidianos de entrega, de ternura, de respeto y de perdón.

El amor es una decisión. No es un estado de ánimo ni un simple sentimiento. No es un vínculo que se sostiene a sí mismo, como por arte de magia, hasta que algún día, por un misterioso designio, se rompe. Es, por el contrario, la causa y a la vez la manifestación de dos vidas que se hacen una, donándose mutuamente, para encontrar en el otro la plenitud de la felicidad, de cara a Dios y fructificada en hijos.

El amor esponsal no tiene fecha de vencimiento, como las latas de conserva. Por el contrario, como algunos vinos, va mejorando con el tiempo, se va haciendo más reposado, más estable, más delicado.

Todo esto es difícil de entender en esta cultura de lo provisional, donde reina el temor al compromiso y a los vínculos duraderos. Sin embargo, como enseña el Papa Francisco, el amor esponsal “… no procede del sentimiento amoroso, efímero por definición, sino de la profundidad del compromiso asumido por los esposos que aceptan entrar en una unión de vida total” (EG, Nº 66).

Cuando los novios se presentan ante el altar del Señor para administrarse recíprocamente el sacramento del matrimonio, se prometen, el uno al otro: “amarte y respetarte todos los días de mi vida”. Todos los días de toda la vida, pase lo que pase, perdonando y sirviendo, con esa empatía que lleva a que dos vidas se hagan una.

Todo los días de mi vida” parece mucho, pero cuando se ama de veras se hace muy corto.

El amor es una decisión y la fidelidad a esa decisión es lo que hace sólido al amor.   

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