Los lenguajes del amor a los hijos

Por Cristian Conen

Profesor e investigador del Instituto de La Familia
Universidad de La Sabana

Existen tres preguntas fundamentales que los padres debemos plantearnos, responder adecuadamente y consensuar conyugalmente en un proyecto compartido de educación de nuestros hijos.

¿A quien educamos? Educamos a personas humanas. En tiempos de gran confusión cultural acerca de nuestra identidad como humanas personas, resulta útil recordar nuestros atributos personales, los que deben respetarse y vivirse en el proceso educativo del hijo, si queremos lograr buenos frutos en el momento oportuno de la cosecha educativa:

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  1. DIGINIDAD: Digno es lo que vale por sí mismo, lo que no es medio para nada ni para nadie. En tanto personas, nuestros hijos son dignos cualquiera sea su edad. Luego, el trato adecuado a un hijo no deber ser su utilización para fines subjetivos de los padres. Siempre, en cada circunstancia de su vida, debe estar presente la intencionalidad educativa de parte de los padres, ordenada a su bien objetivo.

  1. IDENTIDAD: Cada persona humana es una creación de realidad inédita en la historia de la humanidad. Si bien tenemos una naturaleza común (por eso el hambre, la sed, el sueño, la inclinación a conservar la vida, a propagarla y a desarrollarla, son tendencias de toda cultura y tiempo histórico), el yo personal es único. Esta novedad inédita de cada yo personal tiene algunas manifestaciones evidentes, por ejemplo, la desigualdad de las caras de cada ser humano, de su ADN y de sus huellas digitales. En consecuencia, el trato adecuado a un hijo supone hacerse experto en su propia identidad, en otras palabras, implica conocer sus talentos, dotes, habilidades, gustos, anhelos, sueños y vocación para ayudarles a crecer en la línea de lo propio. Educar a un hijo es guiarlo en el camino entre lo que es y lo que debe ser conforme a su ideal inscripto en las potencialidades de su persona. Se trata en definitiva, de ayudarlo a desarrollar la mejor versión de si mismo.

  1. INTIMIDAD: Los seres vivos se caracterizan por poseer vida inmanente, es decir vida interior además de la que se manifiesta externamente a través de conductas instintivas (animales) o libres (seres humanos). La intimidad humana encierra la mayor capacidad de vida interior (sentimientos, pensamientos, anhelos, proyectos). La vida matrimonial y familiar se enriquece mediante la puesta en común de esa vida interior o íntima a través del proceso de comunicación que enriquece el nosotros conyugal y familiar. La educación de los hijos presupone también como un aspecto clave, la comunicación íntima con ellos.

  1. LIBERTAD: Sólo la persona humana es libre, es decir, tiene el gobierno de su conducta debido a sus facultades de inteligencia y voluntad. El animal está determinado por sus instintos que instigan o determinan su comportamiento. El ser humano es dueño de sí mismo y se desarrolla o plenifica en la entrega de si mismo a los demás. El sentido de la libertad es pues el amor. Amar es darse pero para darse hay que poseerse, es decir, ser libre y se es tanto más libre cuanto más virtudes o hábitos operativos buenos se incorporan a la propia persona.

Luego, en la educación de un hijo resulta fundamental generar las circunstancias para que el hijo, desde su libertad, decida vivir valores que desarrollarán su capacidad de darse y de ser feliz.

La consecuencia de los atributos personales antes considerados, es que el proceso educativo de un hijo es un proceso artesanal (uno a uno), no industrial (en serie). Debemos educarlos personalmente, no uniformando, estandarizando, manipulando, lo cual implicaría despersonalizarlos. En otras palabras, no debemos educar a nuestros hijos igualmente sino desigualmente. Si somos padres de tres o cuatro hijos, debemos tener tres o cuatro maneras de ser madres y padres respetando su dignidad, identidad, intimidad y libertad.

¿Para qué educamos? Educamos para que nuestros hijos sean felices. Sin embargo, madres y padres debemos afinar en identificar cuál es el factor clave que desarrolla la capacidad de ser feliz de un hijo.

En la tarde de la vida nos examinarán en el amor”; “Se trata de amar mucho” afirmaron algunos grandes de la humanidad iluminando la respuesta: si el sentido de la educación es preparar al hijo para la vida y el sentido de la vida es ser feliz y la felicidad depende del desarrollo de la capacidad de amar, la repuesta categórica a la pregunta antes formulada es la siguiente: educamos para desarrollar la capacidad de amar de nuestros hijos y todo lo demás es añadidura.

Educar para el amor presupone educar en el amor y educar en el amor supone saber identificar los lenguajes del amor de nuestros hijos, es decir, las maneras propias o particulares con las que se sienten queridos. Nuevamente (como lo hicimos antes respecto de los cónyuges) recurrimos a Gary Chapman, esta vez a su obra “Los 5 lenguajes del amor de los niños”.

¿Cuál es el lenguaje de amor primario de cada uno de los hijos? ¿Cuál es la manera o las maneras prioritarias como cada uno se siente querido, y por lo tanto, ¿donde debe hacerse foco para expresarle nuestro amor?; ¿ palabras de afirmación, tiempo de calidad, toque físico, actos de servicio o regalos ?

Afirma Chapman, que “cuando un hijo se siente amado, cuando su tanque emocional esta lleno, reaccionará más positivamente a la guía educativa de los padres en todos los ámbitos de su vida, la rebeldía se debilita, la obediencia se facilita y el clima familiar armónico se promueve. (…) Cuando nos expresamos con amor en los cinco lenguajes, en tanto nos especializamos en el suyo propio, le enseñamos la necesidad que tiene él o ella misma de aprender a hablar los lenguajes del amor de los demás”. “Con un bebé, los padres tenemos que expresarle amor en los cinco lenguajes. Según crece cada hijo, empezaremos a ver que uno de los lenguajes del amor le habla mucho más profundamente de nuestro amor como padres que los otros. El valor de descubrir el lenguaje de amor primario de cada hijo, es que proporciona el medio más eficaz de comunicarle amor”

¿Cómo descubrir el lenguaje de amor primario de cada hijo? Ante todo advierte Chapman, “que cuando se está tratando de descubrir el lenguaje de amor primario del hijo, es mejor no hablar de eso con ellos, sobre todo si son adolescentes ya que pueden manipularnos con miras a logar sus fines. Por ejemplo, si un niño o un muchacho ha estado pidiendo un par de zapatos deportivos muy caros, todo lo que tiene que hacer es decir que su lenguaje primario es el regalo”.

El autor antes citado nos sugiere cinco maneras de conocer el lenguaje de amor del hijo:

  1. Observa como tu hijo te expresa su amor por ti.

  2. Observa como tu hijo le expresa su amor a otros.

  3. Escucha a lo que tu hijo te solicita con más frecuencia.

  4. Presta atención a lo que se queja tu hijo con más frecuencia.

  5. Durante varias semanas dale a escoger a tu hijo entre dos opciones que correspondan a diversos lenguajes de amor.

Finalmente destaca Chapman, “que cualquiera sea el lenguaje primario de amor del hijo, el que una vez identificado no permitirá ser más eficaces en comunicarle amor, los padres debemos ser políglotas, es decir, es importante hablarles los cinco lenguajes del amor. De esta forma, nuestro amor a ellos no solo será más pleno sino que ayudaremos a los hijos a aprender cómo dar y recibir amor en todos los lenguajes”.

¿Cómo educamos? Educamos con autoridad adecuada y calidez afectiva adecuada. Muchas veces se confunde la disciplina con el castigo. Disciplina proviene de una palabra griega que significa entrenar, y de acuerdo a lo antes comentado, educar implica entrenarlos para amar. Para que la disciplina sea efectiva, los padres tienen que mantener siempre lleno el tanque afectivo de sus hijos con amor. Disciplinar sin amor es como tratar de hacer funcionar una máquina sin aceite. Afirma Chapman, “que el amor busca el bien del hijo; eso mismo hace la disciplina y mientras más se sienta amado un hijo, más fácil será disciplinarlo. En otras palabras, tenemos que mantener lleno el tanque de amor incondicional del hijo antes de administrar la disciplina”.

Comprender el lenguaje de amor primario de cada hijo, ayuda a los padres a escoger el mejor medio de disciplina. Advierte Chapman, “que debe procurarse no usar una forma de disciplina que esté directamente relacionada con su lenguaje de amor primario, ya que el mensaje que recibirá el hijo no será de una corrección amorosa, sino de un rechazo doloroso. Por ejemplo, si el lenguaje prioritario de amor del hijo son las palabras de afirmación, y utilizamos para la corrección palabras duras de condenación, esas palabras le dirán no sólo que uno esta disgustado por una cierta conducta, sino que no se lo ama”.

En conclusión:

Educamos a personas humanas, nuestros hijos, respetando su dignidad, haciéndonos expertos en su identidad, compartiendo su intimidad, y forjando su libertad.

Educamos a nuestros hijos para que sean felices, lo cual supone educarlos en el amor.. Los educamos en el amor, identificando sus lenguajes de amor primarios y ayudándoles a vivir todos los lenguajes del amor.

Los educamos para el amor con autoridad y calidez afectiva adecuada, que son las dos herramientas del buen liderazgo paterno/materno.

Cristian Conen

Octubre 2013. 

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