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Amor sin barreras

Las tres industrias más poderosas en el mundo del siglo XXI son las armas, el sexo y las drogas. Las tres, requieren de la instrumentalización de unos seres humanos por otros. Ello transforma a estas tres industrias en clarísimos “fenómenos anti-cultura”.  En estos tres casos se involucra a millones de personas directa e indirectamente, que incluso sin saberlo, refuerzan y vivifican dicha anti-cultura.

En el campo del amor y la sexualidad, se tiene la impresión de que cuanto más evidente se hace lo sexual, la sexualidad más se encierra en sí misma, como si se tratase de un misterio que no se deja ver ni atrapar. La precariedad del “Eros” frente a la que hoy nos encontramos, se pone claramente en evidencia en este mensaje tan frecuente que muestra a la experiencia del amor como  un fuego abrasador que consume a los amantes, y al igual que cuando se toma agua de mar, despierta una sed insaciable frente a la cual los amantes deben rendirse por completo.

Desde otro frente, hace varios años viene dándose a nivel global un cambio visible en la cultura de la sexualidad que, contrario a lo que podría pensarse, parte de  jóvenes en sus veintes y treintas. Ellos cuestionan a las generaciones más adultas, que se abanderan con el último testamento de la revolución sexual y del movimiento estudiantil de 1968. Estos jóvenes son parte de la primera generación en la que hay un número masivo de hijos de padres divorciados y, consecuentemente, reivindican a la familia como fuente de amor incondicional, sustento del desarrollo saludable de la personalidad y cuna de ciudadanos proactivos y responsables (humanizados). Sigue leyendo

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Pornografía 2.0

Un desafío de la familia

A esta altura ya escuche mucho sobre Annalisa Santi, alumna de la UCA que se hizo famosa por los videos provocativos en los que aparece. Pero casi todo lo que escuche fue o en tono de risa o en tono de condena. Y todo desde la pregunta ¿Era consciente del revuelo que iba a armar o simplemente era un juego de amigos?

sexting

Cómo sea, voy a optar por creerle y suponer que los videos se filtraron contra su voluntad. Porque, a fin de cuentas, no sería ni el primero ni el último caso. Muy seguido escucho de chicas y parejas a las que les pasa esto.

Pero sería una lástima dejar pasar este lastimoso hecho habiéndonos ocupado solo de lo superficial de la cuestión y sin preguntarnos qué nos manifiesta sobre la realidad en la que vivimos.  Sigue leyendo

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La autonomía de la voluntad en la regulación legal del matrimonio y la familia

Desde la perspectiva personalista, la identidad del matrimonio y la familia no son una construcción subjetiva del legislador en base a intereses de sectores de individuos o del Estado. La identidad del matrimonio surge de la dinámica tendencial de la sexualidad de la persona humana propia del amor varón-mujer. Tres tendencias básicas de dicha sexualidad modelan la estructura del tipo de unión matrimonial. La tendencia a la exclusividad; su tendencia a la permanencia; y la tendencia a la fecundidad, siendo la máxima expresión de esa fecundidad es dar vida a otro ser humano. La heterosexualidad, la exclusividad, la permanencia y la fecundidad son pues las características objetivas permanentes con que la humanidad a lo largo de la historia ha identificado al matrimonio con matices culturales secundarios referidos fundamentalmente a la forma.

El matrimonio tiene pues una identidad natural y objetiva. En otras palabras, es una realidad “dada” al legislador positivo en cuanto a sus propiedades -exclusividad y permanencia- y fines – complementariedad y procreatividad-.

Desde esta concepción antropológica-jurídica, surgen una serie de principios que deben ser respetados por el legislador en miras a preservar el ámbito ecológico propio del ser humano.

  1. El matrimonio y la filiación son realidades naturales objetivas. En otras palabras, sus estructuras fundamentales derivan de la estructura dinámica natural de la persona y la sexualidad humana.
  2. El matrimonio y la filiación son realidades jurídicas intrínsecas, esto es, realidades jurídicas pre-legales y pre-estatales. La juridicidad de la relación matrimonial y filial es generada por los mismos contrayentes y padres en el acto jurídico del consentimiento matrimonial y la procreación.
  3. La regulación jurídica extrínseca de origen legal y estatal debe respetar la realidad objetiva natural de sus estructuras y la  juridicidad intrínseca de estas instituciones del derecho de familia.
  4. El matrimonio es un acto jurídico privado no estatal sin perjuicio de la intervención de una autoridad estatal con fines de seguridad jurídica.
  5. Existe un orden público familiar derivado de las funciones sociales estratégicas que la familia cumple en la sociedad: procrear las próximas generaciones de argentinos; criarlos,  personalizarlos éticamente y socializarlos integrándolos adecuadamente a la sociedad argentina.
  6. Resulta necesario repensar el concepto de orden público en el actual derecho de familia.
  7. El principio de autonomía de la voluntad tiene cabida en el derecho de familia.
  8. El principio de la autonomía de la voluntad no rige en el derecho de familia con plena amplitud en las relaciones personales de familia.
  9. El principio de autonomía de la voluntad rige en las relaciones de familia, sujeto a las siguientes limitaciones:
  • Los convenios entre cónyuges como instrumento para determinar y modelar los efectos jurídicos familiares de la separación o divorcio.
  • El convenio es una vía de ejecución de la ley y no de sustitución de sus normas de orden público.
  • Los convenios son válidos entre las partes pero su coactividad requiere la homologación judicial.

De lo expuesto, consideramos que el proyecto de reforma al Código Civil actualmente en debate, debería reconocer en su articulado los deberes y derechos intrínsecos al matrimonio. Ellos constituyen la esencia del compromiso que asumen los cónyuges, varón y mujer, entre sí y frente a la sociedad toda. A saber: fidelidad, asistencia y cohabitación.

Ana Ortelli

Profesora de Derecho de Familia

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La nueva realidad social y las leyes que la regulan

Reparando un poco en las tendencias legislativas actuales en temas de familia, se puede observar cierta tensión entre aquellos que se inclinan por regular la coyuntura social cambiante y, de hecho, cambiada; y otros quizás más reticentes a aceptar ese dinamismo e incorporarlo a nuestro sistema de normas.

Ante ello, en primer lugar, se me ocurre pensar que lo más lúcido es aceptar que la realidad social efectivamente se modificó, y lo hizo de tal manera, que las personas que la integran ya no se relación en comunidad de la misma manera, habiendo cambiando sus anhelos, sus proyectos y sus costumbres más elementales.

Entonces, me pregunto: ¿De qué manera deben relacionarse las conductas de los hombres y las leyes que las regulan?

En mi opinión, previo a todo corresponde intentar agudizar en el conocimiento de esas complejas realidades que hoy van surgiendo, de manera que no se las desconozca, pero que sí se desentrañe en su reclamo más profundo, sin quedarse en la superficie de esas banderas que parecen rechazar una a una todas las instituciones vigentes. Sería un primer paso escuchar las quejas y las reformas que vienen propuestas, pero sobre todo, interpretarlas.

La nueva ley, a mi entender, debe revestir un carácter eminentemente pedagógico y preventivo. Si bien antes resalté la aceptación de los cambios sociales, ahora pongo el acento en el no menos importante valor tutelar y correctivo de la norma. En ese pensamiento, no se trata de conferirle capacidad a ley por sí sola de instaurar o restaurar un orden quebrado, sino de evitar una aceleración de ese desorden, y en la medida de lo posible, de desalentarlo.

Ese sentido ejemplificador del Derecho del que no siempre somos conscientes, me lleva a pensar que las nuevas modificaciones deben ser incluidas en las cuestiones que son traídas a debate, pero siempre con una debida orientación al bien común.

En relación a ello, la constitución de la familia debería estar ligada a los valores comunitarios de solidaridad y asistencia, donde cada uno tiene una función particular que desempeñar; lo cual requiere cierta permanencia y unión en los lazos que vinculan tan íntimamente a sus miembros. El proyecto que se debate no parece fomentar estos ideales, sino que evidencia más bien un individualismo diluyente de toda misión comunitaria, especialmente dentro del seno familiar.

A título de ejemplo de lo que se viene diciendo, se me ocurre la consagración del llamado “derecho a la voluntad procreacional” que propone el proyecto en trato, la cual avasalla y reduce alevosamente el principio del interés superior del niño receptado en los Tratados Internacionales con jerarquía constitucional y en nuestro sentido común.

Por eso, no se trata de incorporar en las normas, sin más, el panorama social que hoy se hace presente y regularlo a fin de evitar la mayor cantidad de conflictos, sino más bien de orientarlo a los fines superiores del hombre.

Andrés Felsenstein

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