Archivo de la etiqueta: Código civil

¿Y ahora qué?

Hace dos meses venimos comentando sobre la reforma del Código Civil. Fuimos entendiendo que no todo es tan lindo como parece y que no escuchamos todas las voces sobre este proyecto por los noticieros y diarios. Pero igualmente insistimos que es importante que “tomemos partido”, que digamos que estamos o no de acuerdo y por qué.

En un mundo tan globalizado y en ciudades tan grandes donde llegamos al punto de pensar que somos solo uno más, ¿vale la pena tomarse el trabajo de pensar y expresar las diferencias? Personalmente, creo que si abandonamos esta tarea el mundo perdería mucho de su encanto, pero más alla de eso, perdería su libertad.

Y en este caso, se haría difícil entender qué es una familia, un matrimonio, ser madre, ser padre, cuáles son los derechos y las responsabilidades de ellos, entre otras cosas. Pero no es solo una cuestión teórica, sino que influye verdaderamente en nuestras vidas, en lo mas íntimo de ellas, día a día: una mujer es tratada como un objeto, un matrimonio civil no da seguridad jurídica (dejando desamparados a los más débiles), un hijo que no conoce (y nunca podrá)  a sus padres, entre otros.

El pasado 8 de Noviembre muchos argentinos por todo el mundo salimos a las calles como señal de protesta frente al gobierno actual. ¡Quiero felicitar a aquellos que llevaron este gran cartel que aparece en la foto!

Mechi Richards

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo El Altavoz, Sin categoría

Régimen del matrimonio en el Proyecto de Reforma del Código Civil y Comercial de la Nación. Un matrimonio devaluado.

Es notorio el esfuerzo de los medios de comunicación social en presentar de la manera más atractiva posible las modificaciones al régimen matrimonial propuestas en el proyecto de reforma del Código Civil y Comercial, en procura de aceptación social. Se oculta de esa manera la verdadera esencia de los cambios, que intentaremos desentrañar en estas líneas.

En el Proyecto advertimos una retirada del Estado y de las normas de orden público en materia de matrimonio, en pos de una pretendida revalorización de la autonomía de la voluntad y del derecho a la privacidad de los cónyuges. De prosperar esta reforma, la institución matrimonial será vaciada de contenido. Ya no surgirá de la misma el fin procreativo ni el asistencial, ni la nota de perdurabilidad del matrimonio.

Dentro de la enumeración de deberes matrimoniales, en el Proyecto han sido eliminados los de cohabitación y fidelidad, y debilitado el de asistencia.

El Proyecto sólo le reconoce naturaleza moral al deber de fidelidad. Primera aclaración: si es moral no es jurídico, entonces su inobservancia no generará consecuencias de orden práctico.

Esta regulación “contractual” del matrimonio, dice proteger la autonomía de la voluntad permitiendo elegir cualquier proyecto de vida -siempre y cuando surja del consenso de sus integrantes-. En realidad esta autonomía solo vale para garantizar el derecho a la infidelidad sin sanción alguna, quitándole todo tipo de acción a la víctima.

¿Era necesaria esta reforma para alcanzar los fines propuestos en el Proyecto? Creemos que no.

Pensemos –dejando al margen todas las consideraciones morales del caso- que actualmente los cónyuges pueden pactar mantener relaciones extraconyugales. Ahora bien, cuando uno de los cónyuges quiere tenerlas y el otro no, el Código Civil deja a salvo los derechos de la víctima de la infidelidad, que podría solicitar el divorcio.

En el Código proyectado no hay remedio para esta situación, ya que la fidelidad no puede pactarse. La víctima no tendría forma de protegerse por el agravio causado.

Esto afecta seriamente el principio de igualdad enunciado en el Proyecto: se otorgan más derechos a aquellos que optan por un matrimonio “abierto”, que a los que optan por un matrimonio exclusivo.

La consecuencia más grave es que provoca la inestabilidad del estado de familia e incrementa la litigiosidad. La obligación de fidelidad, impuesta especialmente a las mujeres, tenía por finalidad garantizar la correspondencia entre la realidad biológica y la identidad social del niño. Sin deber de fidelidad pierde sentido la presunción de filiación; ¿qué garantías de paternidad podría tener un cónyuge que ha permitido a su mujer mantener relaciones extraconyugales?

Esta regulación del matrimonio es contraria al común sentir de los habitantes del país, que cuando piensan en un matrimonio imaginan, por lo menos, una relación exclusiva, y no “abierta a otros”.

En lo que respecta al deber de cohabitación, su importancia radica en que fija el domicilio conyugal, y hace nacer la protección especial de la vivienda conyugal frente a posibles ejecuciones. Además, sin obligación de cohabitar, se expone al niño a un régimen de contacto propio de divorciados, siendo que el matrimonio estaría vigente.

El deber de cohabitación implicó siempre la donación íntima de los cónyuges. Suprimido este deber parecería más razonable suprimir las presunciones de filiación en el matrimonio.

Finalmente, en concordancia con la supresión del deber de cohabitación y el deber de fidelidad, hay un debilitamiento del deber de asistencia entre cónyuges. Tratándose de deberes morales, se despojaría al matrimonio del deber de asistencia espiritual o moral.

Por todos los motivos señalados esperamos que esta propuesta no resulte aprobada por nuestros legisladores.

Diego Agustin Ferreyra

Profesor de Derecho Constitucional UCA

Deja un comentario

Archivado bajo El Altavoz

Un proyecto que preocupa

No cabe duda sobre la importancia de una institución como el matrimonio, en el que un hombre y una mujer se unen para toda la vida no sólo para lograr el bien de ambos esposos, sino también para formar una familia con los hijos resultados de esa unión. Lo que ha llevado a afirmar que la familia formada de tal manera es la base de la sociedad, por lo que deben otorgársele todas las ventajas que lleven a su desarrollo sostenido.

Es por ello que sin duda preocupa -y mucho- que en el Proyecto de reformas al Código Civil, que en este momento está en estudio de una Comisión Bicameral del Congreso de la Nación, se siga considerando como matrimonio a la unión de dos personas del mismo sexo. No se puede ni conviene igualar lo que no es igual, debiendo reconocerse las diferencias existentes entre el verdadero matrimonio formado entre un hombre y una mujer, de la unión de personas de igual sexo, que no pueden procrear; no es posible confundir la igualdad de derechos entre los sexos, con las evidentes diferencias que existen entre el varón y la mujer, no sólo biológicas y anatómicas, sino también psicológicas y sociales, entre otras, lo que hace a una necesaria y saludable complementación tanto en la unión conyugal, como en la educación y formación de los hijos.

Y como si lo anterior no bastara para cuestionar a las disposiciones proyectadas, en las mismas se exacerba la libertad al pretenden rebajar al matrimonio a una unión que puede deshacerse en cualquier momento sin motivo ni plazo alguno desde su celebración –ni tampoco responsabilidad para quien se quiere divorciar de su cónyuge-, facilitándose la ruptura del lazo matrimonial hasta un grado inédito y ciertamente insólito, con lo que se vuelve al repudio de la antigüedad, que tanto ha sido criticado a través de los siglos. Resulta inadmisible que uno de los cónyuges pueda injuriar gravemente y cuantas veces quiera al otro, como también abandonarlo voluntaria y maliciosamente, así como faltar tanto al deber de fidelidad como al de convivencia, ínsitos al matrimonio, sin que nada de ello tenga una consecuencia adversa para quien así haya actuado.

Este retroceso legislativo no acaba allí, debiendo señalar entre muchas otras cuestiones, la honda preocupación que causa las indebidas ventajas que en el Proyecto se le otorgan a otro tipo de uniones no institucionalizadas –que son denominadas uniones convivenciales-, muy parecidas a aquellas de las que goza el matrimonio, con lo que de alguna manera se le restringe a esta última institución la relevancia que tiene y le corresponde, en lugar de otorgarle el apoyo exclusivo que requiere y conviene a su decisiva importancia en el desarrollo armónico de la verdadera familia.

Resulta sin duda indiscutible que a las normas proyectadas no se las puede calificar de “progresistas”, como se pretende, dado el retroceso cultural y social que ellas suponen, con grave desmedro de la unión matrimonial, afectando de tal manera a la sociedad en su conjunto, como también a los hijos nacidos de esa unión.

Dr. Eduardo Sambrizzi

Doctor en Derecho Civil, miembro de la Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de la Ciudad de Buenos Aires, y del Instituto de Derecho Civil.

eas@sambrizziyasoc.com.ar

4 comentarios

Archivado bajo El Altavoz

“Algunas consideraciones sobre el matrimonio en el Proyecto de Reforma del Código Civil”

Al Estado debería interesarle profundamente la regulación del matrimonio, ya que matrimonios sólidos, duraderos y fecundos son los que proporcionan estabilidad para la contención y formación de las nuevas generaciones.

Sin perjuicio de ello, por las modificaciones que contempla el Proyecto de Reforma del Código Civil, pareciera ser que lo que se propicia es todo lo contrario.

Así, del análisis del texto de dicho Proyecto podemos advertir los siguientes cambios en materia de matrimonio:

  1. Nos encontramos con una intencional omisión respecto al sexo: nada se dice sobre hombre o mujer, todo es igual o lo mismo.
  2. El proyecto suprime el deber jurídico de fidelidad. Aparece solamente un frágil deber moral que por tanto no puede ser exigido jurídicamente. Ello vaticina la duración de un matrimonio en un día o una noche. Se torna efímero cualquier pensamiento relacionado con un matrimonio que permanezca en el tiempo. Y en orden a reafirmar ese aspecto, el proyecto establece puntualmente que es nula la renuncia de cualquiera de los cónyuges a la facultad de pedir el divorcio y que el pacto o cláusula que restrinja esa facultad de solicitarlo se tiene por no escrita.
  3. Desaparece para los cónyuges el deber de cohabitación y con ello, necesariamente, la fijación de un domicilio conyugal.  Se facilita, de este modo, el terreno a quien no quiere cohabitar, en desmedro del otro que sí quiere hacerlo.
  4. Mientras que el actual texto del Código Civil contempla el régimen de la separación personal, que no disuelve el vínculo matrimonial, el proyecto de reforma lo extermina. De esta manera, frente a cualquier “complicación” entre los esposos, la única opción será el divorcio, sin permitir a los cónyuges una solución menos drástica, radical y definitiva. Se elimina la culpa como causal del divorcio, no existen más el adulterio, las tentativas de asesinato, la instigación a cometer delitos, las injurias graves, el abandono voluntario y malicioso, y no importan tampoco los intentos de reconciliación. Se sancionaría, por tanto, el llamado “divorcio express”. El matrimonio lejos de ser una institución se asemeja a un mero contrato.
  5. El divorcio que propugna el texto reformado elimina el requisito del tiempo de espera entre los cónyuges, optando directamente por legislar desde el principio a favor de las rupturas matrimoniales, y no por el fomento del vínculo familiar.

De lo expuesto, podemos concluir que a través del Proyecto de Reforma del Código Civil el matrimonio perdería sus elementos configurantes:

a)      Indisolubilidad (no se puede tener vínculo indisoluble)

b)      Estabilidad (divorcio express)

c)      Finalidad procreativa (no exigible en caso de personas del mismo sexo)

d)      Finalidad unitiva (no se exige cohabitación)

e)      Heterosexualidad (incluye personas del mismo sexo)

f)      Fidelidad (sólo como deber moral)

La familia se funda básicamente en el matrimonio. Ambas son las instituciones que configuran los pilares sólidos de la conformación actual y futura de nuestra sociedad.

Para que ello verdaderamente se manifieste es necesario que cualquier ordenamiento legal procure su protección, y no su destrucción.

Juan Pablo Limodio

Abogado, 28 años

2 comentarios

Archivado bajo El Altavoz

Reforma del Código Civil: “Hay puntos que merecen el debate”

El Ministro Secretario de Derechos Humanos de Misiones, Edmundo Soria Vieta, plantea que no todo es tan fácil como parece: entran en juego temas como la identidad, la bioética, la fertilización in vitro, entre otros. ¿Nos da todo lo mismo? ¿Que tenemos para decir? ¿Es cierto que viola derechos humanos? ¿O reconoce nuevos derechos humanos?

Los invito a compartir que le dirían a los legisladores (¡nuestros representantes!) respecto estos temas!

Deja un comentario

Archivado bajo El Altavoz

La autonomía de la voluntad en la regulación legal del matrimonio y la familia

Desde la perspectiva personalista, la identidad del matrimonio y la familia no son una construcción subjetiva del legislador en base a intereses de sectores de individuos o del Estado. La identidad del matrimonio surge de la dinámica tendencial de la sexualidad de la persona humana propia del amor varón-mujer. Tres tendencias básicas de dicha sexualidad modelan la estructura del tipo de unión matrimonial. La tendencia a la exclusividad; su tendencia a la permanencia; y la tendencia a la fecundidad, siendo la máxima expresión de esa fecundidad es dar vida a otro ser humano. La heterosexualidad, la exclusividad, la permanencia y la fecundidad son pues las características objetivas permanentes con que la humanidad a lo largo de la historia ha identificado al matrimonio con matices culturales secundarios referidos fundamentalmente a la forma.

El matrimonio tiene pues una identidad natural y objetiva. En otras palabras, es una realidad “dada” al legislador positivo en cuanto a sus propiedades -exclusividad y permanencia- y fines – complementariedad y procreatividad-.

Desde esta concepción antropológica-jurídica, surgen una serie de principios que deben ser respetados por el legislador en miras a preservar el ámbito ecológico propio del ser humano.

  1. El matrimonio y la filiación son realidades naturales objetivas. En otras palabras, sus estructuras fundamentales derivan de la estructura dinámica natural de la persona y la sexualidad humana.
  2. El matrimonio y la filiación son realidades jurídicas intrínsecas, esto es, realidades jurídicas pre-legales y pre-estatales. La juridicidad de la relación matrimonial y filial es generada por los mismos contrayentes y padres en el acto jurídico del consentimiento matrimonial y la procreación.
  3. La regulación jurídica extrínseca de origen legal y estatal debe respetar la realidad objetiva natural de sus estructuras y la  juridicidad intrínseca de estas instituciones del derecho de familia.
  4. El matrimonio es un acto jurídico privado no estatal sin perjuicio de la intervención de una autoridad estatal con fines de seguridad jurídica.
  5. Existe un orden público familiar derivado de las funciones sociales estratégicas que la familia cumple en la sociedad: procrear las próximas generaciones de argentinos; criarlos,  personalizarlos éticamente y socializarlos integrándolos adecuadamente a la sociedad argentina.
  6. Resulta necesario repensar el concepto de orden público en el actual derecho de familia.
  7. El principio de autonomía de la voluntad tiene cabida en el derecho de familia.
  8. El principio de la autonomía de la voluntad no rige en el derecho de familia con plena amplitud en las relaciones personales de familia.
  9. El principio de autonomía de la voluntad rige en las relaciones de familia, sujeto a las siguientes limitaciones:
  • Los convenios entre cónyuges como instrumento para determinar y modelar los efectos jurídicos familiares de la separación o divorcio.
  • El convenio es una vía de ejecución de la ley y no de sustitución de sus normas de orden público.
  • Los convenios son válidos entre las partes pero su coactividad requiere la homologación judicial.

De lo expuesto, consideramos que el proyecto de reforma al Código Civil actualmente en debate, debería reconocer en su articulado los deberes y derechos intrínsecos al matrimonio. Ellos constituyen la esencia del compromiso que asumen los cónyuges, varón y mujer, entre sí y frente a la sociedad toda. A saber: fidelidad, asistencia y cohabitación.

Ana Ortelli

Profesora de Derecho de Familia

Deja un comentario

Archivado bajo El Altavoz

¿Más libertad?

El proyecto de la Reforma de Código Civil y Comercial contempla nuevas disposiciones que, a primera vista, nos dan la impresión de dar más libertad a los matrimonios. Parece que al contraer matrimonio uno puede sentirse seguro y tranquilo, porque no implica un compromiso fuerte con el deber de fidelidad, y en caso de divorcio, protege de antemano a ambos cónyuges con respecto a sus patrimonios.

Este nuevo Código intenta dar mas libertad y menos obligaciones con el fin de que las personas puedan entrar al matrimonio sin grandes compromisos ni obligaciones y que puedan salir de él sin complicaciones ni división de bienes. Se cree que con este “avance” la gente va a llegar a la felicidad, porque en ningún matrimonio pierde, puede casarse cuantas veces lo desee y los trámites de divorcio se facilitan, haciendo más accesible la ruptura en caso de conflicto o peleas.

Pero ¿es realmente feliz casarse sin confiar en el otro? ¿Se es feliz con matrimonios de corta duración? ¿Se es feliz con inestabilidad? ¿Encuentro la felicidad si mi cónyuge no confía en mi amor de entrega? ¿Como puedo ser feliz si no me caso con sincero amor? ¿No se es más feliz con un matrimonio sólido, de entrega y confianza mutua, de amor sincero y de fidelidad? ¿No debería fomentar el Código Civil matrimonios de verdadero amor y compromiso en vez de desalentarlos?

Estas nuevas medidas no nos van a llevar a una felicidad sincera porque funda el matrimonio sobre la desconfianza y una tendencia individualista. ¿Como se va a formar una familia sobre un matrimonio que no es fundado sobre el amor? Se está desvalorizando la importancia del matrimonio en la sociedad, porque sobre un matrimonio sólido se crea una familia sana, sin rupturas. El Código Civil debe proteger e incentivar a los matrimonios sinceros sobre los cuales se forman familias unidas. No olvidemos que la familia es la base de la sociedad.

La idea de “más libertad” a la hora de contraer matrimonio no hace mas que alejar a las personas de la felicidad, porque se los incentiva a las relaciones cortas y pasajeras, sin tener como base un amor verdadero de entrega y compromiso. Por tener menos límites no tengo más libertad. Por el contrario, estoy restringiendo mi libertad de formar una familia unida y fundada en el amor que me conduzca a la verdadera felicidad, y reprimiendo mi deseo de sincera felicidad. En definitiva, esta sensación de “más libertad” no me deja tener amor.

Es necesario defender y promover el amor sincero y de entrega en nuestra sociedad para
llevarnos a la felicidad y poder formar el día de mañana una familia unida fundada en un matrimonio sincero, estable, comprometido y fundado sobre amor sólido.

Benjamin Richards, 19 años

Estudiante de Filosofía

 

Deja un comentario

Archivado bajo El Altavoz

El poder de nombrar

Ninguna institución tiene mayor poder que el Estado para definir el significado de las palabras que usamos todos los días: para ejercer el poder de nombrar. Este poder tiene un doble filo: incluye la capacidad de iluminar aspectos de la realidad, pero es también el poder de desvirtuar palabras o desconectarlas con la realidad.

En mi opinión, esto último es lo que está proponiendo el proyecto de nuevo Código Civil en lo que respecta al matrimonio. Al querer abarcar en la definición de matrimonio a aquellas formas de unión que no cumplen propiamente sus características esenciales, aleja el de uso de la palabra (el uso primero legal y luego cotidiano) de lo que esa palabra designa.

Hay una realidad natural, preexistente a cualquier código. El matrimonio se define por las siguientes características: monogamia, fidelidad, convivencia, perdurabilidad, estabilidad, asistencia mutua. No a todo el mundo le tienen que gustar, nadie está obligado a aceptarlas. Pero son, inequívocamente, inseparables y esenciales a lo que llamamos matrimonio.

Obviamente no pretendo negar que hay formas de unión distintas, ni tampoco me corresponde emitir un juicio moral sobre ellas ni imponerles nada. Todos buscamos ser felices y vamos construyendo el camino que creemos mejor. Mi punto es que una pareja que no convive, no es fiel, y no se compromete a cuidarse mutuamente en las buenas y en las malas, simplemente no es un matrimonio.

Quiero dejar de lado los aspectos morales que conlleva bajar las exigencias para conformar un matrimonio, y reflexionar sobre otra consecuencia de esta redefinición del matrimonio. Es la siguiente: esta “inclusión” no fortalece al matrimonio: lo diluye. En vez de agrandar el concepto de matrimonio, lo vacía. Resulta en una pérdida de sentido, pérdida que se produce por la disociación entre una palabra y la realidad que debería representar.

Porque sin fidelidad, cuidado, convivencia diaria, ¿qué es el matrimonio? ¿un pedazo de papel que dice que estamos casados? ¿qué seguridad tengo de que mi cónyuge y yo pensamos en lo mismo cuando hablamos de matrimonio? ¿cómo sé que estoy hablando de la misma cosa con otro habitante de Argentina que me habla de matrimonio? ¿no se pierde ese consenso que hoy existe sobre lo que es un matrimonio? ¿y no es el lenguaje común la herramienta clave de nuestra cultura para construir una sociedad mejor?

Me parece importante recordar que es una conquista social de nuestros antepasados que el Estado reconozca al matrimonio como una institución a la que accedemos con completa libertad, con cada cónyuge en condiciones de igualdad, con la potestad de cuidar a los hijos, y que nos brinde protección en caso de que no se cumplieran los deberes conyugales. Una conquista a la que se llegó con dificultad, superando prejuicios e imposiciones autoritarias contra la libertad de los ciudadanos. No la perdamos.

María Canale, 21 años

Estudiante de Cine

1 comentario

Archivado bajo El Altavoz

Opinión: “La reforma del Código Civil nada tiene que ver con nuestra realidad”

Creo que no es el momento apropiado para llevar a cabo la unificación y reforma del Código Civil, menos si se trata de un proyecto como el que está en tratativas que pretende cambiar instituciones básicas, los valores sobre los que la sociedad se apoya y crece.

No pretendo hacer un análisis completo sobre el proyecto de reforma, pero si advertir sobre ciertos temas que bajo la bandera del “pluralismo” quieren imponerse en nuestro derecho que nada tienen que ver con nuestra realidad, y resaltar lo nocivo que sería si se implementasen:

En primer lugar, la incorporación de la figura del “alquiler de vientre” o maternidad subrogada. La maternidad subrogada es un acuerdo por el cual algunas mujeres mediante una retribución llevan a término por cuenta de terceros la gestación de embriones fecundados in vitro con óvulo y esperma de otras personas. Se origina así una manipulación de la copropiedad de un hijo que recibe el patrimonio genético de dos personas, mientras recibe la sangre, el alimento y la comunicación vital intrauterina (con consecuencias incluso psicológicas y psíquicas) de una tercera persona, la madre sucedánea. Todo esto configura abusos tanto contra la unidad del matrimonio, como contra el hijo, que llega a ser tratado así como un ejemplar animal y no como una persona que tiene el derecho de reconocer a sus propios padres y de identificarse con ellos.  Se da una mercantilización del cuerpo de la mujer y una comercialización de la procreación con una gran industria de la fertilización.

Otro preocupante tema es el cambio que se pretende introducir en el derecho de familia: Tal como se la plantea, la nueva regulación del matrimonio termina de vaciar de sentido a esta fundamental institución: el matrimonio es diseñado para el divorcio, se lo debilita en lugar de fortalecerlo. En el nuevo régimen, disolver el vínculo matrimonial es un mero trámite casi alentado por la ley. Se borra de un plumazo el deber de fidelidad y la figura de separación personal, que daba la opción a aquellos que decidían separarse pero no romper el vínculo. En lugar de contribuir por medio de la ley a crear una cultura matrimonial saludable, se le quita su propósito público al pretender “privatizarlo” o restarle la importancia social como antecesor necesario de una familia. Es que el debilitamiento del matrimonio atenta directamente contra la familia. Al conceptuar al matrimonio como una “unión de base sentimental” entre cualesquiera dos que se amen, se desnaturaliza la familia y se termina perjudicando a la sociedad. El Estado debe promover políticas que favorezcan el bienestar social y tiendan al bien común. Considero que fortalecer la cultura matrimonial mejora las probabilidades de que los niños crezcan sanos, saludables y mejor en términos de bienestar, y contribuye al bien común, tanto individual como social.

La actual reforma, lejos de ser pluralista y neutral, quiere imponer una ideología, una cosmovisión que tiene un pequeño grupo de la sociedad, a todo el resto. Esta reforma en el aspecto del derecho de familia no responde a la realidad ni a las necesidades del país.

Finalmente, me gustaría citar al constitucionalista Jorge Vanossi quien sostenía: “La misión de las leyes no se debe limitar a reflejar jurídicamente las transformaciones sociales tal como una cámara fotográfica lo hace con la realidad. Por el contrario las leyes no deben abdicar de su tarea orientadora de la conducta humana hacia el bien común, la realización del hombre como persona  y el perfeccionamiento de la sociedad.”

Agustina Mitre

21 años, estudiante de abogacía en la Universidad Nacional de Tucumán.

 

2 comentarios

Archivado bajo El Altavoz

Dr. Lorenzetti: el Código Civil no es un manual de heladera (con todo mi respeto)

lorenzetti

Dr. Ricardo Luis Lorenzetti, presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación Argentina.

En la presentación de su proyecto de nuevo Código Civil y Comercial de la Nación, haciendo referencia a las novedades introducidas en el Derecho de Familia, el Dr. Lorenzetti expresó:

“Ello no significa promover determinadas conductas o una decisión valorativa respecto de alguna de ellas. De lo que se trata es de regular una serie de opciones de vidas propias de una sociedad pluralista, en la que conviven diferentes visiones que el legislador no puede desatender”.

Yo, en mi humilde opinión, considero que el Dr. Lorenzetti se equivoca.

Un Código Civil es una ley. De muchos capítulos y artículos, pero una ley al fin. Y la ley (hasta donde tengo entendido) es una norma rectora de la conducta humana. Es decir, tiene una finalidad educativa y de ejemplaridad. No es una mera recomendación o instrucción, como las que pueden estar contenidas en un manual de heladera. No se limita a regular alegremente unas realidades existentes en un determinado momento histórico de una comunidad prescindiendo de su valoración. En pocas palabras, la ley tiene un fuerte componente moral, no así un manual de heladera.

Es por esto que una verdadera ley debe discernir entre las distintas realidades pluralistas que se presentan en una comunidad determinada, distinguiendo las más valiosas de las menos valiosas, elevando y promoviendo a las primeras y desincentivando o prohibiendo a las segundas. De lo contrario, la ley no estaría cumpliendo con su finalidad.

¿O acaso por qué el Código Penal –que también es una ley- pena el homicidio, el robo, las injurias? El motivo es tan simple como profundo: la sociedad reconoce que hay ciertas realidades como la vida, la propiedad, el honor que son dignas de ser protegidas. Por lo tanto, las conductas que atacan dichos bienes son reconocidas como disvaliosas, no queridas y, por ende, penadas.

La lógica de un Código Civil, al regular realidades como la vida humana, la familia y el matrimonio, debería ser la misma.

Nicolás D’Odorico, 27 años.

Abogado de Buenos Aires.

 

1 comentario

Archivado bajo El Altavoz