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El poder de nombrar

Ninguna institución tiene mayor poder que el Estado para definir el significado de las palabras que usamos todos los días: para ejercer el poder de nombrar. Este poder tiene un doble filo: incluye la capacidad de iluminar aspectos de la realidad, pero es también el poder de desvirtuar palabras o desconectarlas con la realidad.

En mi opinión, esto último es lo que está proponiendo el proyecto de nuevo Código Civil en lo que respecta al matrimonio. Al querer abarcar en la definición de matrimonio a aquellas formas de unión que no cumplen propiamente sus características esenciales, aleja el de uso de la palabra (el uso primero legal y luego cotidiano) de lo que esa palabra designa.

Hay una realidad natural, preexistente a cualquier código. El matrimonio se define por las siguientes características: monogamia, fidelidad, convivencia, perdurabilidad, estabilidad, asistencia mutua. No a todo el mundo le tienen que gustar, nadie está obligado a aceptarlas. Pero son, inequívocamente, inseparables y esenciales a lo que llamamos matrimonio.

Obviamente no pretendo negar que hay formas de unión distintas, ni tampoco me corresponde emitir un juicio moral sobre ellas ni imponerles nada. Todos buscamos ser felices y vamos construyendo el camino que creemos mejor. Mi punto es que una pareja que no convive, no es fiel, y no se compromete a cuidarse mutuamente en las buenas y en las malas, simplemente no es un matrimonio.

Quiero dejar de lado los aspectos morales que conlleva bajar las exigencias para conformar un matrimonio, y reflexionar sobre otra consecuencia de esta redefinición del matrimonio. Es la siguiente: esta “inclusión” no fortalece al matrimonio: lo diluye. En vez de agrandar el concepto de matrimonio, lo vacía. Resulta en una pérdida de sentido, pérdida que se produce por la disociación entre una palabra y la realidad que debería representar.

Porque sin fidelidad, cuidado, convivencia diaria, ¿qué es el matrimonio? ¿un pedazo de papel que dice que estamos casados? ¿qué seguridad tengo de que mi cónyuge y yo pensamos en lo mismo cuando hablamos de matrimonio? ¿cómo sé que estoy hablando de la misma cosa con otro habitante de Argentina que me habla de matrimonio? ¿no se pierde ese consenso que hoy existe sobre lo que es un matrimonio? ¿y no es el lenguaje común la herramienta clave de nuestra cultura para construir una sociedad mejor?

Me parece importante recordar que es una conquista social de nuestros antepasados que el Estado reconozca al matrimonio como una institución a la que accedemos con completa libertad, con cada cónyuge en condiciones de igualdad, con la potestad de cuidar a los hijos, y que nos brinde protección en caso de que no se cumplieran los deberes conyugales. Una conquista a la que se llegó con dificultad, superando prejuicios e imposiciones autoritarias contra la libertad de los ciudadanos. No la perdamos.

María Canale, 21 años

Estudiante de Cine

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