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Cómo tener relaciones sexuales sin confundirse

Por M. Jaroniec

BLURRY

Confiá en lo probado. Hacé todo lo que está estadísticamente demostrado que funciona, hacé algo que Cosmopolitan te sugirió, hacé algo completamente ridículo, y que jamás tendrías el descaro de tratar con alguien que realmente te gustara. Repasa el guión sexual, aprendete las reglas. Concentrate en la tarea.

No los mires. O sea, miralos, porque tenés que hacerlo, pero tratá de no mirarlos realmente. No los mires de ninguna manera que trascienda el mirar. No te des cuenta de las cosas. No mires su biblioteca, no escuchen su música, no mires las fotos pegadas en la pared. No mires su piel. No te pierdas en su geometría laberíntica, el delicado entramado de sus células, las líneas entrecruzadas de su mano, un poco seca. No pienses demasiado. Es sólo piel.

No los mires a los ojos demasiado tampoco. Por supuesto miralos, porque realmente no se puede evitar, pero miralos como si fueran los ojos y nada más. La forma en que van del gris al azul como una tormenta, o del marrón al verde teñido como absenta, tratá de no notar ese cambio. Trata de no sentir como si hubieras descubierto un gran secreto cósmico, algo tan privado y luminoso en la belleza sutil de su parpadeo. Eso te hace débil. No mires sus ojos, concentrate en la boca.

No te abras a ellos. No te dejes influenciar por ellos, no les muestres el camino hacia tu centro, más allá del placer. No te hagas vulnerable.

Hagas lo que hagas, no te quedes a dormir con ellos. No te despiertes al lado de ellos en una lío de sábanas y ropa, y respiraciones tranquilas, y pelo enredado. No los invites a la complicidad de la mañana, las bromas, el inevitable interrogante sobre el futuro. No dejes que te vean así. No te dejes verlos así.

No hagan cosas juntos después. No hagan nada que los lleve a interesarse o reírse o a cualquier otra forma de conocerse. No desayunen, no jueguen con su Xbox, no se acurruquen a ver televisión. No lo abraces por nada.

No te dejes fascinar. No te sientas atraído por su particularidad, el sonido de su risa, la curvatura de su cuello, el hueso orbital, la columna vertebral. No leas demasiado en sus gestos. No viertas tu alma en un beso. No destruyas el momento tratando de que sea algo más de lo que es.

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Amor sin barreras

Las tres industrias más poderosas en el mundo del siglo XXI son las armas, el sexo y las drogas. Las tres, requieren de la instrumentalización de unos seres humanos por otros. Ello transforma a estas tres industrias en clarísimos “fenómenos anti-cultura”.  En estos tres casos se involucra a millones de personas directa e indirectamente, que incluso sin saberlo, refuerzan y vivifican dicha anti-cultura.

En el campo del amor y la sexualidad, se tiene la impresión de que cuanto más evidente se hace lo sexual, la sexualidad más se encierra en sí misma, como si se tratase de un misterio que no se deja ver ni atrapar. La precariedad del “Eros” frente a la que hoy nos encontramos, se pone claramente en evidencia en este mensaje tan frecuente que muestra a la experiencia del amor como  un fuego abrasador que consume a los amantes, y al igual que cuando se toma agua de mar, despierta una sed insaciable frente a la cual los amantes deben rendirse por completo.

Desde otro frente, hace varios años viene dándose a nivel global un cambio visible en la cultura de la sexualidad que, contrario a lo que podría pensarse, parte de  jóvenes en sus veintes y treintas. Ellos cuestionan a las generaciones más adultas, que se abanderan con el último testamento de la revolución sexual y del movimiento estudiantil de 1968. Estos jóvenes son parte de la primera generación en la que hay un número masivo de hijos de padres divorciados y, consecuentemente, reivindican a la familia como fuente de amor incondicional, sustento del desarrollo saludable de la personalidad y cuna de ciudadanos proactivos y responsables (humanizados). Sigue leyendo

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