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Cómo tener relaciones sexuales sin confundirse

Por M. Jaroniec

BLURRY

Confiá en lo probado. Hacé todo lo que está estadísticamente demostrado que funciona, hacé algo que Cosmopolitan te sugirió, hacé algo completamente ridículo, y que jamás tendrías el descaro de tratar con alguien que realmente te gustara. Repasa el guión sexual, aprendete las reglas. Concentrate en la tarea.

No los mires. O sea, miralos, porque tenés que hacerlo, pero tratá de no mirarlos realmente. No los mires de ninguna manera que trascienda el mirar. No te des cuenta de las cosas. No mires su biblioteca, no escuchen su música, no mires las fotos pegadas en la pared. No mires su piel. No te pierdas en su geometría laberíntica, el delicado entramado de sus células, las líneas entrecruzadas de su mano, un poco seca. No pienses demasiado. Es sólo piel.

No los mires a los ojos demasiado tampoco. Por supuesto miralos, porque realmente no se puede evitar, pero miralos como si fueran los ojos y nada más. La forma en que van del gris al azul como una tormenta, o del marrón al verde teñido como absenta, tratá de no notar ese cambio. Trata de no sentir como si hubieras descubierto un gran secreto cósmico, algo tan privado y luminoso en la belleza sutil de su parpadeo. Eso te hace débil. No mires sus ojos, concentrate en la boca.

No te abras a ellos. No te dejes influenciar por ellos, no les muestres el camino hacia tu centro, más allá del placer. No te hagas vulnerable.

Hagas lo que hagas, no te quedes a dormir con ellos. No te despiertes al lado de ellos en una lío de sábanas y ropa, y respiraciones tranquilas, y pelo enredado. No los invites a la complicidad de la mañana, las bromas, el inevitable interrogante sobre el futuro. No dejes que te vean así. No te dejes verlos así.

No hagan cosas juntos después. No hagan nada que los lleve a interesarse o reírse o a cualquier otra forma de conocerse. No desayunen, no jueguen con su Xbox, no se acurruquen a ver televisión. No lo abraces por nada.

No te dejes fascinar. No te sientas atraído por su particularidad, el sonido de su risa, la curvatura de su cuello, el hueso orbital, la columna vertebral. No leas demasiado en sus gestos. No viertas tu alma en un beso. No destruyas el momento tratando de que sea algo más de lo que es.

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C. S. Lewis: “¿Es anormal querer resistir los deseos sexuales?”

La gente moderna siempre está diciendo: “no hay nada de qué avergonzarse con respecto al sexo”. Puede que quieran decir dos cosas. Una es que “no hay nada de qué avergonzarse en el hecho de que la raza humana se reproduce de cierta manera, ni en el hecho de que ello produce placer”. Si significa eso, tienen razón. El problema no es la cosa misma, ni el placer.

Pero, por supuesto, cuando la gente dice que “no hay nada de qué avergonzarse con respecto al sexo” pueden querer decir “el estado en que hoy se encuentra el instinto sexual no es para avergonzarse en absoluto”. Si el significado es ése, creo que están equivocados. No hay nada de qué avergonzarse por gozar de la comida; habría todo de qué avergonzarse si la mitad del mundo hiciera de la comida el principal interés de sus vidas y se pasara el tiempo mirando imágenes de comida y babeando y chasqueando los labios.

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La sexualidad humanizada según Viktor Frankl

El hombre se realiza a sí mismo en la medida en que se trasciende: al servicio de una causa o en el amor a otra persona. El hombre sólo es plenamente él mismo cuando se pasa por alto y se olvida de sí. El primer aspecto de esta auto trascendencia es la búsqueda y alcance de un sentido. Pero actualmente podemos observar la constante frustración a la que está sometido este deseo de sentido: vemos cómo nace el “vacío existencial”.

En este vacío existencial prolifera la libido sexual. Y sólo de este modo se puede explicar la inflación sexual que se ha producido en nuestro tiempo. Como toda inflación, incluida la del mercado de dinero, conduce a una devaluación. La sexualidad se va desvalorizando en el curso de la inflación sexual a medida que se deshumaniza.

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