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Las consecuencias ocultas de la violencia de género

Los efectos de la violencia contra la mujer parecen fácilmente reconocibles: muertes, discapacidad, destrucción de familias, heridas físicas, y heridas emocionales. Pero hay otros factores que se suelen pasar por alto en el análisis de las consecuencias sociales de la violencia contra la mujer, y me parece valioso destacarlos.
Por un lado, la violencia contra la mujer tiene secuelas económicas difíciles de imaginar. Un reporte de 2003 del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades del gobierno de Estados Unidos calcula que el impacto de la violencia doméstica para el Estado es de US$4.1 billones anuales en atención médica y servicios de salud. Aun más, en el mismo estudio se afirma que se hace un gasto extra de US$1.8 billones, solo para compensar la improductividad debida al ausentismo causado por la violencia doméstica.
Otra consecuencia que no se ve reflejada en la cobertura mediática de estos casos es la situación financiera y judicial en la que quedan las mujeres que quieren liberarse de un vínculo dañino. Muchas veces no cuentan con la formación, la experiencia, el apoyo ni la seguridad necesaria para conseguir un trabajo, sobre todo si anteriormente dependían exclusivamente de su pareja. Esto se relaciona con un tema que ya de por sí es complejo: el de la tenencia de los hijos, cuya cuidado se dificulta cuando la mujer no puede independizarse ni cuenta con la protección legal necesaria para tenerlos a su cargo.
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Violencia contra la mujer: una mirada desde el hombre

Las publicaciones de la semana pasada en Pequeños Pensamientos unieron distintos enfoques sobre la violencia contra la mujer. Entre uno y otro, distintas reflexiones quedaron suspendidas en la blogósfera. ¿Cómo superar la psicología de tolerancia ilimitada que se adueña de ciertas mujeres? ¿El botón anti-pánico es una solución práctica? ¿Cuál debe ser el rol del estado? ¿Acaso las políticas públicas que regulan mensaje mediático son recomendables? Etc.

De entre todas estas reflexiones, una amiga  me hizo llegar una que me tocó más profundo. En tiempos en los que la prevención prima frente al castigo, ¿no conviene acaso extrapolar esta perspectiva a la violencia de género? ¿Por qué en vez de castigar al violento, sumiéndolo en más profundo pesar, no tratamos de ayudarlo?

La sola mención de esta aproximación genera sublevación; o al menos, la generó en mí. Siendo que él, basándose en su posición de poder –físico cuando no psicológico- violenta a ella, que se deja sufrir por un amor que tornó en pesadilla, ¿cómo permitirnos otro camino que la condena? Creo que es difícil, pero mirando el panorama completo, puede ser una vía más. Concientizar al hombre, y ayudarlo a reflexionar sobre las causas que lo llevan a donde no quiere, puede ayudarnos a reducir este mal.

De hecho, la violencia de género se origina tanto en el enhebramiento de un vínculo como en la predisposición de un hombre. Si queremos atacar las causas, vale la pena concentrarnos tanto en el vínculo como en el hombre. De hecho, lo que más quieren las mujeres víctimas de la violencia de género, son vínculos afectivos sanos. Después de todo, la mejor forma de superar la violencia de género no es condenar a una mujer a la soledad, disponiendo el ostracismo para su hombre; sino más bien, redimir el vínculo afectivo de los cónyuges –o la pareja- de tal manera que redunde en el bien mutuo, el de los hijos. Y si bien la violencia de género muchas veces terminó en la tragedia, muchas otras pudo convertirse en una herida asumida y superada.

Ignacio Ibarzábal

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Ayudar a mirar

Fueron dos años. Dos años de encuentros, desencuentros basados en la mentira del amor disfrazado. En la mentira de la relación embaucada. Dos años de su vida, a los 21 años, como entrega a un él, que era la nada. A un él, más grande, casado, desbocado. A un él, que la engañaba, y que engañaba a su esposa y a sus hijos. Un él, puro circo negro. Puro verso. Un verso de milagros y trampas y dolores.

Ella, perdida, urbana y ciegamente desbordada. Genuina. Sólo quería salvarlo. Sólo quería recuperar a ese Él de sus sombras. Y su manera de protegerlo, era queriéndolo con inconsciencia, desorientación y a escondidas. Pero él, la fue muriendo de a poco. De a ratos, con palabras, con silencios, con ausencias. Con desprecios. Visibles para el mundo e imposibles de sentir por ella. Imposibles de narrar por ella.

Él la fue muriendo. Y cuando quiso, cuando se cansó, la dejó. La abandonó después de dos años. Después de ser su amante durante dos años. La dejó cuando ella se quedó casi huérfana, cuando su papá murió. La dejó, rotundamente. Y para despreciarla, la abandonó una noche, en el medio de un campo. Y no le respondió ningún llamado,  no quiso volver a verla. Con lo que es ver y mirar para quien ama. Pero cuando ella se animó a buscarlo, a buscarlo hasta encontrar en el coraje del que no piensa, nuevamente esa otra mirada…él la amenazó de muerte. Amenazó a su familia.

Humilló un corazón debilitado e incapaz de reconocer en ese gesto, la violencia del que sólo sabe y quiere odiar. Del que no puede tener compasión. Pero ella, desgarradamente perdida, no podía dejar de perdonarlo.

——–

Este breve relato, está basado en una historia real. Desgraciadamente real. La literatura es solo el camino estético y libertario, para comunicar y ayudar a visibilizar una plaga que atañe a millones de mujeres. Las víctimas de violencia de género, no suelen reconocer al victimario como tal, se sienten culpables, merecedoras del castigo, del maltrato. La violencia de género no es solo física, sino moral, sino en términos, incluso, de cómo se da la misma relación. Las víctima a su vez, se sienten incapaces de salir adelante, de escapar. De quererse. “Ayudarlas a mirar”, es un primer paso para ayudarlas  a salir…otro paso más para erradicar la violencia.

Anaclara Dalla Valle

Originalmente publicado en el blog de #Anitaclarita

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Erradicar la violencia mediática: un paso indispensable para concluir con la violencia de género

En abril de 2009 fue promulgada la ley 26485 que- al menos desde el ámbito legislativo- marca un significativo avance en la lucha contra la violencia de género, en particular, la femenina. Bajo el rótulo “Ley de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia Contra las Mujeres en los ámbitos en que desarrollen sus relaciones interpersonales”, se intenta combatir todo tipo de violencia femenina en sus más vastas modalidades: doméstica, institucional, laboral, reproductiva, obstétrica y mediática.

Es menester resaltar ésta última y novedosa incorporación: la violencia mediática. Este desconocido e informe concepto es definido por la ley como “aquella publicación o difusión de mensajes e imágenes estereotipados a través de cualquier medio masivo de comunicación, que de manera directa o indirecta promueva la explotación de mujeres o sus imágenes, injurie, difame, discrimine, deshonre, humille o atente contra la dignidad de las mujeres, como así también la utilización de mujeres, adolescentes y niñas en mensajes e imágenes pornográficas, legitimando la desigualdad de trato o construya patrones socioculturales reproductores de la desigualdad o generadores de violencia contra las mujeres”.

Gracias a la existencia de esta normativa se realizó en noviembre de 2011-a propósito del Día Internacional de Violencia Contra la Mujer- una denuncia ante la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (Afsca, ex Comfer) contra el programa Show Match por ejercer violencia simbólica y mediática contra la mujer. En la misma, se hizo presente para acompañar el reclamo Laura Velasco, referente del partido Libres del Sur en la Ciudad.

Celebramos la sanción de esta norma que intenta desarrollar políticas públicas de carácter institucional y que deja en claro que la violencia de género es una problemática que se debe combatir desde distintas áreas, pero principalmente desde la cultura: mediante la remoción de patrones socioculturales y estereotipos.

El primer paso fue satisfactorio pero no suficiente. Ahora, prosigue la disposición de vías para hacer efectivas las medidas propuestas por la legislación, para lograr una reglamentación y aplicación que permita que temas de suprema importancia en nuestra sociedad no queden en declaraciones o normas pétreas, sin un concreto cumplimiento, sino que adquieran virtualidad en los hechos.

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Mejor prevenir que curar

botón antipánico contra la violencia de género

A la pregunta sobre qué medidas pueden ser las más eficaces para la lucha contra la violencia de género pueden darse múltiples respuestas. Podrían comentarse las distintas alternativas que se debaten a nivel legislativo, o también las que son efectivamente tomadas y sus resultados.

En esta entrega se comentará un método no del todo novedoso, por lo menos a nivel mundial, pero que parece ser un modo de evitar las consecuencias más nocivas de las víctimas de este tipo de violencia tan triste.

Se trata del botón antipánico, sistema que pretende asistir de manera inmediata a las personas que están expuestas a este tipo de maltratos ante alguna situación de mayor o menor riesgo.

Este dispositivo, que es del tamaño de un celular pequeño, al ser pulsado emite una señal que es detectada por una oficina de monitoreo que se encarga de enviar auxilio a la persona en peligro en el menor tiempo posible. De este modo, se puede proteger a las víctimas que ya habían sufrido algún tipo de maltrato y temen que esto se repita.

Una gran ventaja que presenta este método es la posibilidad de brindar asistencia las 24 hs del día, lo que permite también evitar peores consecuencias.

Se realizaron pruebas preliminares de este sistema en distintos lugares del país y, al parecer, el rendimiento del mismo ha sido alentador. Por ejemplo, una mujer de 30 años pulsó el botón antipánico que había recibido hacía apenas cuatro escasas horas porque su ex marido había ingresado contra su voluntad a su domicilio. El hombre lastimó al hijo de ambos y luego huyó pero, gracias a la alerta que había enviado la mujer, fue detenido en instantes.

Mejor prevenir que curar, ¿no?

Adriel Fernández Santander

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La violencia de género y los demonios del hombre

Este año se habló mucho de violencia de género en la Argentina, y mucho no es suficiente pero es mejor que menos. Puntualmente, el caso de Carla Figueroa levantó el polvo y culminó en la derogación de la figura de avenimiento.

Algunos legisladores, acertadamente, tomaron la cuestión como bandera y apuntalaron la concientización. En el 2011, Clarín publicó una nota que reflejó este drama insoportable: al menos una mujer moría cada 30 horas por violencia de género, había más muertes que en el 2010, eran más de 237. El redactor de la nota señalaba que parte de la desgracia tenía que ver con los niños que quedaron sin madre y los maridos que perdieron a sus esposas —aún cuando algunos de éstos fueran los culpables.

Estos datos sobre un gran drama nos llaman a la reflexión y, por supuesto, a la acción. El femicidio es sólo el último eslabón del flagelo de la violencia contra la mujer. Ésta atraviesa todas las esferas sociales y penetra en lo íntimo de miles de hogares. Mujeres y niños callan de lo que no pueden hablar; mucho de lo que más quieren está en juego.

¿Cómo encarar este drama? La respuesta no es fácil. Seguro que hablar más sobre esto es un principio, apenas un principio. Una pregunta que queda latente es: ¿qué es lo que lleva a algunos hombres a atentar contra lo que más quieren? ¿Cómo podríamos llevar la  prevención hasta este punto originario? No debemos olvidar que el victimario injustificable no deja de ser víctima de su propios demonios, y seguramente sea el primero en desear nunca haber llegado hasta ese punto, sin dudas, injustificable.

Ignacio Ibarzábal

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